viernes, 19 de agosto de 2011

Decálogo de la creatividad



1. La creatividad, más que un talento innato de algunas personas, es una consecuencia del trabajo perseverante de los individuos que buscan hacer cada vez mejor su tarea diaria.




2. Todo proceso es susceptible de ser mejorado. Cualquier problema puede tener una mejor solución. Este convencimiento es la raíz de la creatividad y la innovación.




3. Favorece la creatividad, el hecho de no actuar por esquemas fijos; salirse de la manera habitual de hacer las cosas, buscando modos más eficientes.




4. La capacidad de observación –el arte de ver detalles y situaciones que pueden ser mejoradas-, es el inicio de la innovación. Después se deben buscar alternativas de solución; y por último hay que intentar una… y mil veces la que nos parece mejor.




5. Escuche mucho y lea mucho. Después ponga la fantasía a volar.




6. El aprendizaje requiere curiosidad intelectual. Observe todo y a todos para aprender de cada persona y de cada situación. Hágase preguntas y busque las respuestas.




7. Cuando algo le salga bien, procure identificar cuál es la causa del éxito. Tome nota –es importante dejarlo escrito, para los demás-, y aplique la misma receta a otros asuntos.




8. No le tenga miedo al fracaso, a quedar mal. Piense por qué no salió como usted esperaba. Corrija y siga adelante, sin importarle "el qué dirán".




9. Estudie cómo hacen los demás su tarea; fíjese en aquellos aspectos en que destacan. Pregúntese por qué le salen las cosas bien, e imite algún procedimiento.




10. Elimine el lenguaje bloqueador de su vida: “siempre se ha hecho de esa manera”; “así me enseñaron”; “no compensa cambiar”. Este lenguaje constituye el mayor impedimento para la innovación.

lunes, 8 de agosto de 2011

Educar en la Fortaleza

¿CÓMO EDUCAR EN LA FORTALEZA?
Estos son algunos principios-claves para que nuestros hijos crezcan fuertes:


Siempre que un niño sea capaz de hacer algo por sí mismo, démosle la oportunidad de hacerlo y mejorarlo, y motivémosle con nuestras palabras animosas, felicitándole por su habilidad y esfuerzo. Ante sus vacilaciones y dudas, sonriámosle, al tiempo que le decimos con firmeza y entusiasmo: "Tú puedes, cariño. Y, si no lo consigues la primera vez, no pasa nada: yo tampoco consigo las cosas siempre al primer intento".

Es normal que cualquier niño pretenda lograrlo todo al instante. Si le apetece un "chupa chup", lo exige "ahora". Pues bien, lo mejor para enseñarle a desarrollar su capacidad de resistencia a las frustraciones y saber esperar es no darle nunca lo que pide al instante. Se le puede decir, por ejemplo:"Ahora estamos haciendo esto y tenemos que esperar un rato para darte lo que pides. Me encanta que aprendas a esperar hasta ese momento y comportarte como el niño listo y mayor que ya eres".

Por más que el niño rabie y patalee, seamos firmes y acostumbrémosle a no recibir lo que pide de inmediato. Le haremos un bien increíble con ese entrenamiento en saber esperar y no satisfacer de inmediato sus caprichos y deseos. Ante las llantinas del pequeño, las constantes llamadas de atención, la manipulación del adulto y el hecho de "montar el pollo" cuando sabe que más molesta a papá y a mamá, debemos dejarle siempre claro que no se va a salir con la suya, pero siempre manteniendo una actitud calmada, reposada, controlada y sin dejarse contagiar por la tensión que el niño pretende provocar en nosotros. Si sabemos resistir a sus llantos y provocaciones, el niño comprobará que su conducta caprichosa no le reporta ningún beneficio.

Conviene reforzar, premiar y alabar al niño cuando manifieste una conducta razonable, de cierto acto de control, educada, pacífica, generosa, comprensiva, esforzada, de saber compartir...

Es importante contagiar al niño el buen humor, el entusiasmo y las emocione positivas en general: "los ejemplos arrastran". Cuando algo no sale bien del todo o no sucede como el pequeño esperaba, es bueno enseñarle a reírse de sí mismo, a intentarlo de nuevo con alegría y a no desesperarse. Ensamblemos siempre la fortaleza con el júbilo. Como decía Emerson: "La fortaleza es inseparable del júbilo, ya que la persistencia en la acción genera una especie de endorfinas psíquicas que, por un lado equilibran y proporcionan paz y serenidad de espíritu, y, por otro, producen euforia, alegría y entusiasmo".

El mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos es hacerles fuertes desde niños, al mismo tiempo que les queremos con todo el cariño.

A veces la actitud de nuestros padres y el hecho de tener que valernos por nosotros mismos a tempranas edades, por situaciones especiales, potenció nuestra fortaleza; y lo mejor que podemos darle a nuestros propios hijos es hacerles muy fuertes, responsables y esforzados.
Esto es lo que te sugiero y lo que me permito aconsejarte, ya que tienes en tus manos la masa blanda de la personalidad de ese niño, que es tu vida y a quien tanto quieres. Hazle fuerte, esforzado y bondadoso. En definitiva, prepárale para una vida que será tan difícil o más que la que tú vives ahora.

jueves, 4 de agosto de 2011

El arte de conversar



¡Por fin alguien lo hizo! Acabo de leer en Internet que a la entrada de algunos restaurantes europeos les decomisan a los clientes sus teléfonos móviles. Según la nota, se trata de una corriente de personas que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los móviles interrumpan, ni los comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a los gritos.



La noticia me produjo envidia. Personalmente, ya no recuerdo lo que es sostener una conversación de corrido, larga y profunda, bebiendo café o chocolate, sin que mi interlocutor me deje con la palabra en la boca, porque suena su móvil. Gracias al móvil, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado. El teléfono se ha convertido en un verdadero intruso.



Cada vez es peor. Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar. Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por su móvil, desde el lugar mismo en que se encuentra. No niego las virtudes de la comunicación por el móvil. La velocidad, el don de la ubicuidad que produce y por supuesto, la integración que ha propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía.



Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca. Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Con frecuencia, la sim card funciona más que nuestra propia memoria. El móvil más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y este no suena. Por eso quizá algunos nunca lo apagan. ¡Ni en cine! He visto a más de uno contestar en voz baja para decir: "Estoy en cine, ahora te llamo".




Pero de todos, los Blackberry merecen capítulo aparte. Enajenados y autistas. Así he visto a muchos de mis colegas, absortos en el chat de este nuevo invento. La escena suele repetirse. El Blackberryen el escritorio. Un ruido que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono. Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, masajear la bolita, y sonreír; luego mirarme y decir: "¿En qué íbamos?".



Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga Blackberry y no sea adicto a ella.Alguien me decía que antes, por las mañanas al levantarse, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora su primer acto cotidiano es tomar su aparato y responder al instante todos sus mensajes. Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual, que terminará acabando, cuando se vuelva a descubrir el delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente, cara a cara.

domingo, 24 de julio de 2011

Los valores crecen en la familia

Haz que la regla de oro gobierne tu casa. Es muy sencillo: "Trata a todos como te gustaría que te trataran a tí". Esta sabiduria de origen bíblico es tan evidente que todo el mundo la admira, incluso aquellos que no profesan ninguna fe en Dios. Pero, aún así, cúantas veces no somos capaces de ponerla en práctica.

Es la regla básica de las relaciones humanas. Cinco reglas sencillas para empezar a vivir y enseñar en tu hogar y con tus hijos:


1.- Invierte tiempo con tus hijos.

Hoy día, con tanto ajetrero, es lo único que demandan nuestros hijos, estar un tiempo con ellos jugando o simplemente a su lado. Es lo mejor que podemos darle.



2.- Dar ejemplo.

Si queremos hijos pacientes, necesitamos ser pacientes, no sólo con ellos, sino en general cuando ya no podemos más. Lo mismo sucede con los demás rasgos de carácter: déjales ver cómo ejercitas el autocontrol, como nunca interrumpes (ni siquiera a ellos), cómo eres honesto, trabajas bien y te desvives por los demás. Puedes estar seguro de que te imitarán.



3.- Cuéntales historias en las que los valores jueguen un papel importante.

Elige peliculas con buenos valores, que enseñen cómo el bien triunfa sobre el mal, que no se burlen de los personajes.



4.- Practica la generosidad delante de tu hijo.

Nuestra cultura es egoísta. Puede que tú y yo no seamos ricos pero podemos ser generosos. Hay mucha gente a nuestro alrededor a la que podemos ayudar, no siempre será con dinero, puede ser un rato de compañia con quién mas lo necesite.

5.- Realiza actos aleatorios de amabilidad.

Enseña a tus hijos a que dejen de pensar en sí mismo y empleen energías en ver los problemas de los demás. Esto les enseña que por muy mal que estén las cosas ellos siempre podrán hacer la vida más agradable a los que le rodean.

miércoles, 1 de junio de 2011

Falsa compasión

«La piedad peligrosa» es una interesante novela de Stefan Zweig.


Un joven teniente austríaco es invitado a una fiesta. Durante la celebración invita a bailar a la hija del dueño de la mansión, sin saber que la joven está impedida. Al día siguiente le envía unas flores para pedir disculpas por el incidente y, a raíz de ese detalle, la chica piensa que el teniente se ha enamorado de ella.


El protagonista parte de una noble y buena sensibilidad ante el dolor ajeno. Es un hombre que se propone ayudar hasta donde puede a todos. Cualquier indefensión reclama su interés. Sin embargo, esa buena disposición se encuentra de pronto con un difícil escollo. Su deseo de no hacer sufrir, de no incomodar, de evitar el dolor ajeno, le lleva a un prolongar el pequeño malentendido que se ha producido en la fiesta. Por no entristecer a aquella ilusionada y caprichosa chica inválida, retrasa una y otra vez la necesaria aclaración sobre su supuesto amor por ella, y se ve envuelto poco a poco en un inmenso absurdo que tiene consecuencias cada vez más trágicas para él y para aquellos a quienes quería evitar cualquier daño.


Todo empezó por un mero y piadoso no decir la verdad, sin voluntad o incluso contra su voluntad. Al principio no fue un engaño consciente, pero enseguida se vio enredado, y por empezar con una primera mentira por compasión, vio que ahora tenía que mentir con gesto impenetrable, con voz convencida, como un consumado delincuente que planea cada detalle de su acción y su defensa. Por primera vez empezaba a entender que lo peor de este mundo no viene provocado por la maldad, sino casi siempre por la debilidad.


Hay dos clases de compasión. Una, la débil, la sentimental, que no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la embarazosa conmoción que se padece ante la desgracia ajena; esa compasión no es propiamente compasión, es tan solo un apartar instintivamente el dolor ajeno, que es causa de nuestra propia ansiedad. La otra, la verdadera compasión, está decidida a resistir, a ser paciente, a sufrir y a hacer sufrir si es necesario para ayudar de verdad a las personas.


Aquel hombre tenía que decir y hacer algo que le resultaba difícil, y lo retrasó una y otra vez. Prolongó aquella situación absurda, entre otras cosas porque estaba halagado por la vanidad, y la vanidad es uno de los impulsos más fuertes en las naturalezas débiles, que sucumben fácilmente a la tentación de lo que visto desde fuera parece admirable o valeroso.


Por falsa compasión muchas veces se miente, se engaña, se elude la verdad costosa, las realidades incómodas, las responsabilidades molestas. Se miente para no contrariar, para evitar un daño que luego vuelve multiplicado; se elude la verdad difícil de decir pero apremiante, aunque sabemos que no desaparecerá por ignorarla; por falsa compasión se consienten prácticas o situaciones reprobables en la empresa o la familia, que no se afrontan por no perjudicar a algunos, aun sabiendo que tolerarlo es un daño mucho mayor.


La falsa compasión hizo de aquel joven teniente un hombre mísero que dañaba infame con su debilidad, que perturbaba y destruía con su compasión. Como él, todos deberíamos esforzarnos en distinguir si la compasión que en determinado momento sentimos no encubre egoísmo o debilidad. Debemos reconocer sinceramente que consentir y mimar a los hijos, malacostumbrar a los que están bajo nuestra responsabilidad, no exigir el respeto que merecen los derechos de los ausentes (la falsa compasión suele inclinarse contra los que no nos ven), son ocasiones en que nos compadecemos equivocadamente y cerramos los ojos a la realidad.


Vivir responsablemente exige a veces incomodar a otros. Por ejemplo, educar, formar, supone siempre una cierta constricción, contrariar, negar consuelos que podríamos dar pero que no debemos dar. Es cierto que debemos ser flexibles, pero ceder a la falsa compasión es hacer daño. Un daño que quizá a primera vista no parece tal, pero que tarde o temprano vuelve, con terquedad, y más crecido, más real, menos evitable.

lunes, 16 de mayo de 2011

El valor de las palabras

Los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio


Cuenta la historia que en cierta ocasión, un sabio maestro se dirigía a su atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra, y el influjo que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás.

- Lo que usted dice no tiene ningún valor -lo interpeló un señor que se encontraba en el auditorio.

El maestro lo escuchó con mucha atención y tan pronto terminó la frase, le gritó con fuerza:

- ¡Cállate y siéntate, estúpido idiota!.

Ante el asombro de la gente, el aludido se llenó de furia, soltó varias imprecaciones y, cuando estaba fuera de sí, el maestro alzó la voz y le dijo:

- Perdone caballero, le he ofendido y le pido perdón; acepte mis sinceras excusas y sepa que respeto su opinión, aunque estemos en desacuerdo.

El señor se calmó y le dijo al maestro:

- Le entiendo, y también pido disculpas y acepto que la diferencia de opiniones no debe servir para pelear, sino para mirar otras opciones.

Entonces el maestro le sonrió y le dijo:

- Perdone usted que haya actuado de esta manera, pero así hemos visto todos, de forma evidente, el gran poder de las palabras: con unas pocas palabras lo enfadé y con otras pocas lo calmé. Las palabras no se las lleva el viento, las palabras dejan huella, tienen poder e influyen positiva o negativamente... Las palabras curan o hieren a una persona. Por eso mismo, los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio.


Piensa en esto y cuida tus pensamientos, porque ellos se convierten en palabras; y cuida tus palabras, porque ellas marcan tu destino. Medita sabiamente para saber cuándo y cómo hay que comunicarse y cuándo el silencio es el mejor regalo para ti y para los que amas. Eres sabio si sabes cuándo hablar y cuándo callar.


Piensa muy bien antes de hablar, cálmate cuando estés airado o resentido, y habla sólo cuando estés en paz. Recuerda que las palabras tienen poder y que el viento nunca se las lleva: “Una cometa se puede recoger después de echarla a volar, pero las palabras jamás se podrán recoger una vez que hayan salido de nuestra boca”.

jueves, 10 de febrero de 2011

Los patos hacen bulla, las águilas vuelan

Un buen día, Harvey Mackay , estaba haciendo cola para ir al aeropuerto. Cuando un taxista se acercó, lo primero que Harvey notó fue que el taxi estaba limpio y brillante. El chofer muy bien vestido, con camisa blanca, corbata negra y pantalones negros muy bien planchados, el taxista salió del auto dio la vuelta y le abrió la puerta trasera del taxi a Harvey. Le entregó un cartón plastificado y le dijo: yo soy Wally, su chofer, mientras pongo su maleta en el portaequipaje me gustaría que lea mi Misión.
Después de sentarse, Harvey leyó: Misión de Wally: "Hacer llegar a mis clientes a su destino final de la manera mas rápida, segura y económica posible brindándole un ambiente amigable. Mi amigo Harvey quedó impactado. Especialmente cuando se dio cuenta que el interior del taxi estaba igual que el exterior, ¡limpio sin una mancha!
Mientras se acomodaba detrás del volante, Wally le dijo, "¿Le gustaría un café? Tengo unos termos con café regular y descafeinado". Mi amigo bromeándole dijo: "No, preferiría una soda" Wally sonrío y dijo: "No hay problema,tengo un refrigerador con Coca Cola regular y dietética, agua y jugo de naranja". Casi tartamudeando, Harvey contestó: "Tomare la Coca Cola dietética". Pasándole su bebida, Wally le dijo, "Si desea usted algo para leer, tengo el Wall Street Journal, Time, Sport Illustrated y USA Today."
Al comenzar el viaje, Wally le pasó a mi amigo otro cartón plastificado,"Éstas son las estaciones de radio que tengo y la lista de canciones quetocan, si quiere escucharlo".Y como si esto no fuera demasiado, Wally ledijo a Harvey que tenía el aire acondicionado prendido y si la temperatura estaba bien para él. Luego le avisó cual seria la mejor ruta a su destino aesta hora del día. También le hizo conocer que estaría contento de conversar con él o, si Harvey prefería, lo dejaría solo en sus meditaciones..... ."Dime Wally, le pregunto mi asombrado amigo: siempre has atendido a tus clientes así? "Wally sonrió a través del espejo retrovisor. "No, no siempre. De hecho solamente los dos últimos dos años.
Mis primeros cinco años manejando, los gasté la mayor parte del tiempo quejándome igual que el resto de lostaxistas. Un día escuche en la radio acerca de Wayne Dyer un "Gurú" del desarrollo personal. Él acababa de escribir un libro llamado "Tú lo obtendrás cuando creas en ello". Dyer decía que si tú te levantas en la mañana esperando tener un mal día, seguro que lo tendrás, muy rara vez te frustrarás.
El decía: "Deja de quejarte. Sé diferente de tu competencia. No seas un pato. Sé un águila. Los patos hacen bulla y se quejan, las águilas se elevan por encima del grupo".
Esto me llegó aquí, en medio de los ojos, dijo Wally. Dyer estaba realmente hablando de mí. Yo estaba todo el tiempo haciendo bulla y quejándome. Entonces decidí cambiar mi actitud y ser un águila. Miré alrededor a los otros taxis y sus chóferes: los taxis estaban sucios, los chóferes no eran amigables y los clientes no estaban contentos.
Entonces decidí hacer algunos cambios. Uno cada vez. Cuando mis clientes respondieron bien, hice más cambios. "Se nota que los cambios se han pagado, le dijo Harvey". Sí, seguro que sí, le respondió Wally. Mi primer año de águila dupliqué mis ingresos con respecto al año anterior. Este año posiblemente lo cuadrupliqué. Usted tuvo suerte de tomar mi taxi hoy. Usualmente ya no estoy en la parada de taxis. Mis clientes hacen reservas a través de mi teléfono móvil o dejan mensajes en mi contestador. Si yo no puedo servirlos consigo un amigo taxista de confianza para que haga el servicio. Wally era fenomenal. Estaba haciendo el servicio de una limusina en un taxi normal. Posiblemente haya contado esta historia a mas de cincuenta taxistas, y solamente dos tomaron la idea y la desarrollaron. Cuando voy a sus ciudades, los llamo a ellos. El resto de los taxistas hacen bulla como los patos y me cuentan todas las razones por las que no pueden hacer nada de lo que les sugería.
Wally el taxista tomó una diferente alternativa. El decidió dejar de hacer bulla como los patos y volar por encima del grupo como las águilas. Los Patos hacen bulla, Las águilas vuelan. Tú, ¿qué quieres ser? ¿Qué vas a hacer?